Los Horrores de la Conquista de América

 

 

Tanto en el Diario de a bordo, como en sus cartas a los Reyes Católicos, el Almirante de Mar Océano, Don Cristóbal Colón deja constancia de que encontró nativos en las tierras que él llamó “Indias”. El mismo 12 de octubre, asienta en su diario que vio “mucha gente” que “andaban desnudos como su madre los parió y también las mujeres”.

 

Cartas de Cristobal Colón.

A continuación, el almirante describe tanto el aspecto moral como el físico de dichos nativos:… “daban de aquello que tenían de buena voluntad. No traen armas ni las conocen (…) De muy hermosos cuerpos y muy buenas caras (…). Son de muy buena estatura, de grandeza y buenos gestos, bien hechos”.  


   De inmediato, Colon hace algunas afirmaciones que revelan lo que realmente pensaba en esos históricos momentos: “Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro”. La obsesión del oro ocupa prácticamente cada página de su Diario.


   El 14 de octubre consigna que “vinieron muchas mujeres (…) dando gracias a Dios echándose al suelo y levantaban las manos al Cielo” Colon vuelve a recordar que estaban todos desnudos y sin armas. Dice “esta gente es muy simple en armas” y continúa con una consideración sumamente reveladora: se había apoderado ya de siete indígenas para hacerlos llevar a España “o tenerlos en la misma isla cautivos porque con cincuenta hombres los tendrán a todos sojuzgados y los hará hacer todo lo que quisiere”. 

El comentario de Colon para el día16 de diciembre: “Ellos no tienen armas, y son todos desnudos y de ningún ingenio en armas, y muy cobardes que mil no aguardan tres, y así son buenos para les mandar y les hacer trabajar y sembrar y hacer todo lo otro que fuere menester”. Pocos días después, el 25 de diciembre, afirma: “son gentes de amor y sin codicia y convenibles para toda cosa (…)  en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a su prójimo como a si mismo y tienen un habla la mas dulce del mundo, y mansa siempre con risa.”.
   El 15 de Enero de 1493 decidió el Almirante retornar a España para dar cuenta a los Reyes de todos sus descubrimientos. El 16 partió del Golfo de las Flechas, así llamado por haber ocurrido allí el  altercado con los nativos en que los cristianos hirieron a varios indígenas. El 4 de marzo llegó a Lisboa; traía consigo siete indios que había tomado por la fuerza, según declara el mismo en su carta a el escribano de los Reyes, Luís de Santángel. En la carta, consigna además que los nativos son monógamos. Con especial insistencia afirma que los nativos son tímidos y sumamente generosos: “ellos…muestran tanto amor que darían sus corazones” En su Diario…había sugerido la posibilidad de que creyeran en una deidad femenina, cuya imagen mantenían en sus hogares.


   Seguidamente, agrega Colón un comentario que vuelve a revelar sus intenciones; cree que los nativos se harán cristianos y que se pondrán al servicio de los Reyes y de toda nación castellana y que juntarán para darles las cosas que tienen en abundancia y que nos son necesarias. Reitera que ha tomado posesión oficial de todas estas tierras para sus Altezas, quienes podrán disponer “como y tan cumplidamente como en los reinos de Castilla”. Más aún, esta seguro de que, incluso si los indios cambiaran de actitud con respecto a los europeos, no  habría peligro alguno para éstos pues los nativos no conocen armas, están desnudos, y son “tan temerosos” que la poca gente que ha dejado allá “podrá destruir toda aquella tierra (…) sin peligro de sus personas…”. Por fin, se ha revelado tal cual es y concluye declarando ya sin ambages que con la poca ayuda que los Reyes quieran darle, la Corona obtendrá tanto algodón, especies, bienes en general y esclavos, tantos como quieren cargar en los barcos. Por todo lo cual bendice a Dios... Lo que parece imposible es que alguien que se declara cristiano, como lo hace Colón en cada página de sus escritos, pueda no ya pensar sino también proclamar tales criminales intenciones.


 El “Requerimiento”


  …Una vez ocurrido el descubrimiento de América y habiendo tomado España posesión de esas tierras, se hizo necesario legitimar moral y legalmente la posesión de extensos territorios que obviamente pertenecían a los nativos y sobre los cuales estos ejercían legítima y evidente autoridad.


   Grandes tratadistas como Matías de Paz y también simples expedicionarios como Martín Fernández de Enciso comenzaron a discutir sobre la licitud o ilicitud de la conquista. Incluso el Rey Fernando el Católico sintió necesidad de que se aclarasen las condiciones de justicia en que debía fundarse la conquista. Matías de Paz era profesor de teología en la Universidad de Salamanca cuando Fernando requirió su presencia en la Junta de Burgos en 1512. Su tratado fue escrito en Valladolid, probablemente en el verano del mismo año.


  El Rey Fernando solicitó entonces el estudio de la  cuestión  a los juristas del Consejo de Castilla, quienes emitieron un dictamen escrito personalmente por el Consejero Real Juan López de Palacios Rubios. El fundamento legal de la ocupación era el Don de Dios. El texto definitivo partía del hecho que Dios mismo había concedido las “islas y tierras firmes del Mar Océano” a sus majestades los Reyes Fernando e Isabel mediante la expresa donación del Papa (en ese momento, el español Alejandro VI, de la familia valenciana de los Borgia) a quien Dios había hecho “Rey y Superior del Universo” “para juzgar y gobernar a todos las gentes” del mundo.


   Si los nativos se avenían a reconocer, “sin ninguna resistencia”, la autoridad de los Reyes de España y se convertían al Cristianismo, harían bien y sus Majestades “os dejaran vuestras mujeres e hijos libres y sin servidumbre”. Si no lo hicieran, el Rey les declararía la guerra. El texto prosigue con énfasis: “y tomare vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos y como tales los vendere (…) y tomare vuestros bienes y os haré todos los males y daños que pudiere”. 
   El documento se leía solemnemente en latín o en castellano, desde lejos muchas veces, frente a los nativos, quienes, por supuesto, no entendían ni una sola palabra y se firmaba el acta bajo notario de acuerdo con los protocolos de la ley. Desde entonces se lo conoce con el titulo de “El Requerimiento”.


   En resumen, la fundación legal y moral de la conquista de América se apoya en una argumentación teológica-canónica expuesta en un documento que declara simplemente que es Dios quien ha regalado las tierras americanas a los reyes españoles. Si los nativos aceptan no les ocurrirá mal alguno y sus mujeres quedaran libres; de lo contrito, sufrirán las consecuencias. La primera de estas consecuencias apunta directamente a la mujer. Será legitimo esclavizarla y a sus hijos también.


   ¿En qué se apoyan los juristas de Castilla para establecer tal dictamen? Lo más asombroso en esta candente cuestión es que el origen de la degradación de la mujer parte nada menos que de la Biblia. Este libro ha operado siempre no solo en la conciencia sino también en la subconciencia de Occidente y en este caso particular, claramente establece los fundamentos de la agresión de los conquistadores casi al pie de la letra. Véase el capítulo 20 del quinto libro del Antiguo Testamento, el Deuteronomio, versículo 10 y siguientes referentes a los regalos de tierra que Dios hace a sus elegidos , texto que sin dudas inspiró el dictamen de los juristas del Concilio de Castilla.


En el libro siguiente, el libro de Josué, el sagrado Texto informa que los israelitas, fieles al mandato de Yavhe, “avanzaron directamente contra la ciudad y la tomaron. Después, mataron al filo de la espada a sus hombres, sus mujeres, niños y ancianos y aun los bueyes, las ovejas y los asnos” (Josué 6:21). El tercer libro bíblico (Levítico Cáp. 25, vers.44 y siguientes) afirma que podrán esclavizar a los extranjeros, varones o mujeres, y que tales esclavos serán propiedad privada que podrá legarse como herencia permanente.


   En cambio, el documento de los juristas de Castilla combina las dos partes del mandato divino, primero, ofrece paz a los habitantes de las tierras que Dios ha regalado a los castellanos si es que los nativos se someten. Recién en segundo lugar aparece el mandato de esclavizar y matar en caso de que los indígenas no aceptaran que Dios le hubiera quitado sus posesiones. ¿Para que habrían de matarlos si  podían someterlos, esclavizarlos y gozar las riquezas de la conquista y, especialmente no dejar mujer sin abusar?


   Fray Bartolomé de Las Casas


   El Obispo Fray Bartolomé de las Casas que, aunque nacido en Sevilla en 1474, ejerció su ministerio religioso en territorios americanos, es testigo fiel de que la amenaza a la mujer nativa de América no era simple teoría. En su brevísima relación de la destrucción de las Indias, presentada en 1552 al rey Felipe II, Fray Bartolomé se pone por testigo presencial de los hechos que denuncia: “Hablo con la verdad por lo que sé y he visto”. Después de presentar una pintura ideal del carácter y conducta de los indígenas, especialmente de la abnegación y bondad natural de sus mujeres, Fray Bartolomé inicia la narración de las atrocidades que presenció en la isla de La Española: “Comenzando los cristianos a tomar las mujeres e hijos a los indios para servirse e usar mal de ellos (…) e llego a tanta temeridad y desvergüenza que al mayor rey, señor de toda la isla, un capitán cristiano le violó por fuerza su propia mujer”. A raíz de estos atropellos, los nativos empezaron a armarse para defender sus hogares y sus personas. La respuesta de los invasores no se hizo esperar… “entraban en los pueblos ni dejaban mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos (…) tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas”. Concluye esta horripilante presentación con la descripción de cómo los cristianos amarraban a madres e hijos en grupos de trece en honor a Jesucristo y los doce apóstoles, “e poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos”. Fray Bartolomé concluye el relato de las atrocidades cometidas por los cristianos en la Española con el asesinato de la Reina Anacaona, “que por hacerle honra, ahorcaron” en lugar de quemarla viva. Después de tanta matanza y no quedando ya hombres en la isla sino solo mujeres y niños, “repartiéronlos entre si (…) e las mujeres ponían en estancias, que son granjas, a cavar las labranzas y cultivar la tierra” no dándoles de comer sino yerbas y otras cosas sin sustancia. “Secabaseles la leche de las tetas a las mujeres paridas e así murieron en breve todas las criaturas”


   Volviendo a los escritos del Almirante, Don Cristóbal Colon, se encuentra entre los documentos de su segundo viaje una carta dirigida a los Reyes Católicos, según aparece en el Libro Copiador. En dicha carta informa que los hombres que él había dejado en el nuevo mundo después de su primer viaje se habían peleado entre ellos llegando inclusive al asesinato. A su vez informa a los Reyes que ha recorrido la isla y que ha apresado indios y “destruí y quemé las casas y canoas”. Después les aconseja esclavizar a los indígenas “que creo que cada año se podrán aver de ellos y de las mugeres, infinitos. Crean que cada uno baldría mas que tres negros de Guinea en fuerza y ingenio, como veran por los presentes que agora enbio”.


   Según el testimonio de Fray Bartolomé de Las Casas, los indígenas“…comenzaron a huir a los montes (…) e ahorcábanse maridos e mujeres e consigo ahorcaban  los niños”. Concluye Fray Bartolomé. A las mujeres que no lograban huir, continúa  el religioso, las arrojaban a las minas para sacar oro y murieron de hambre en consecuencia, más de siete mil niños.
   En el capitulo referente a “Tierra Firme”, Fray Bartolomé se convierte en uno de los testigos de cómo se cumplía el famoso “Requerimento”. Informa que se les notificaba a los indios que si no se sometían, los matarían y agrega “al cuarto del alba, estando los inocentes durmiendo con sus mujeres e hijos, daban en el pueblo poniendo fuego a las casas, que comúnmente eran de paja, e quemaban vivos a los niños e mujeres”.


   El padre Las Casas cuenta que un batallón de soldados españoles logró descubrir en un bosque el escondite de un grupo de indígenas y dominándolos les arrebataron las mujeres y las doncellas. Apenas repuestos, los nativos decidieron recobrar sus mujeres e hijas. Frente a ellos, “viéndose los cristianos pretados, no quisieron soltar la cabalgada , sino meten las espadas por las barrigas de las muchachas e mujeres y no dejaron de todas ochenta, una viva”. Ante tan espantoso espectáculo, los nativos solo atinaron  a gritar con desesperación y profundo dolor: “¡Oh malos hombres, crueles cristianos! ¿A las 'iras' (mujeres) matáis? (…) cuasi diciendo: matar a las mujeres señal es de abominables e crueles hombres bestiales”.
 
Extractos de un trabajo académico del  Prof. James O. Pellicer, Catedrático de La Universidad de La Ciudad de Nueva York

Extractado de la Revista “El Arca” de Marzo de 2008

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